El miedo al compromiso es la moda del siglo XXI

rope

Se habla de miedo al compromiso y automáticamente nos viene a la mente la imagen del hombre que va saltando de una mujer a otra. Es este prototipo el que tenemos en mente y es completamente lógico porque históricamente los hombres tienen más recorrido en esta fobia que las mujeres.

Para los hombres el mundo siempre ha estado abierto, de puertas hacia fuera podían acceder a lo demás, el mundo era suyo. Mientras que el universo de las mujeres era el hogar, formar una familia se nos asignaba como única aspiración y el cuidado del marido, de los hijos y del hogar se marcaba como el fin último de la felicidad, eliminando así, de un plumazo, todas las otras opciones. Que te digan que el mundo es tuyo, que está lleno de opciones y que te digan que el hogar es tu mundo tiene connotaciones muy diversas tanto a nivel de desarrollo personal y también al desarrollo de la fobia al compromiso.

Si a una persona se le dice que su fin es formar una familia y nada más y que eso va a ser su felicidad, ¿cómo va a desarrollar miedo al compromiso? Si a otra se le dice que hay mucho más allá, que los campos de la felicidad son diversos, e incluso que la familia es una trampa, la cosa cambia. Eso por no hablar de que la consquista de múltiples mujeres era un componente interesante de la masculinidad, que con cuantas más se estaba más hombre se era.

Sin embargo esta es una historia algo vieja, porque aunque es cierto que a nosotras se nos pone de cabecillas del cuidado familiar, también se nos dice que parte del mundo puede ser nuestro. Y menos mal. A partir de este cambio de paradigma social comenzaron a surgir más y más casos de miedo al compromiso en mujeres, las estadísticas entre hombres y mujeres se fueron igualando y, a día de hoy, la cosa está bastante más equilibrada. Conozco a muchos hombres con miedo al compromiso, pero también a muchas mujeres. Y la cosa sigue in crescendo. Cada vez es más gente quien lo sufre y son muy diversas las maneras en las que se manifiesta.

Sigue leyendo…

El capitalismo en tu cerebro

capitalismo

Vivimos en un sistema capitalista. El capitalismo es un hecho. En él se generan terribles desigualdades tanto sociales como salariales: ricos muy ricos, pobres muy pobres y todas las consecuencias que esto trae a distintos niveles, como el social o el familiar.

Pero no podemos entender este sistema solamente como un sistema económico con todas las catástrofes que trae, sino que va mucho más allá. Es un sistema que también nos configura, que nos moldea, que nos hace ser como somos y pensar de la manera en que pensamos. Es decir, nos afecta mucho más allá que a nuestra cuenta bancaria (y toda la extensión de cuestiones que esto puede desencadenar).

A nivel individual, yendo más allá cómo nos pueda afectar tener más o menos dinero, poder acceder más o menos a él -que, insisto, ya es mucho- el sistema capitalista contiene una serie de doctrinas e ideologías que nos calan a nivel individual y llegan a formar parte de nosotras mismas. Y como tantas de las ideas que se nos inculcan desde la infancia, llegamos a interiorizarlas tanto que ni las cuestionamos. Son ideas que se anclan como única perspectiva posible del mundo y de nosotras.

Una perspectiva que nos aleja como individuos, nos desune y nos enfrenta.

Sigue leyendo…

La herida de la exigencia II

12

Esta entrada sobre la exigencia la comencé a escribir hace unos días. Antes de que, así como por combustión espontánea, me pusiera a escribir la anterior entrada de Blog sobre la culpabilización de las víctimas. Pero como al final resulta que soy una melancólica y una romántica de cuidao, os dejo el post tal cual lo tenía escrito (sólo que lo he finalizado y revisado ortográfica y gramáticamente ;)). Reza tal cual:

Vuelve septiembre, vuelta al Blog. Hace unos meses que no escribo nada (verano de descanso y reflexión), y para ser el primer post de la temporada 2016-2017 (en la que se avecinan muchos cambios como ya les he ido anunciando a las suscriptoras) he decidido escribiros algo práctico. En concreto la segunda parte del post “La herida de la exigencia I“.

En él os hablé sobre los efectos de la exigencia, sobre cómo se cuela en nuestras vidas y el dolor que nos causa. Pero claro, después de saber esto surgen unas preguntas clave: ¿qué hago con ella una vez instaurada? ¿Se puede eliminar?

Como supondréis la respuesta no es sencilla; Así como el conseguirlo, tampoco. No es una cuestión fácil ni banal, y se tarda mucho tiempo tan sólo en modificar un poco esta tendencia. No puede ser de otra forma: ¿cómo vamos a cambiar rápido algo que hemos estado aprendiendo toda nuestra vida? ¿Cómo cambiar una tendencia prácticamente innata?

No, no estoy siendo derrotista, pero lo cierto es que eliminar la exigencia, o al menos, mantenerla a raya, requiere de un trabajo profundo y de largo tiempo, y suele requerir asistir a terapia. Esto es así porque sus raíces son profundas y hace falta escarbar en muchas cuestiones a las que solas es difícil acceder.

Sin embargo sí que hay cuatro cosas que podemos hacer nosotras mismas. Hay fórmulas para ir trabajándose la exigencia, pequeños pasitos que podemos dar. Y de esto es sobre lo que trata este post que lees, sobre pequeños consejos para trabajarla y comenzar a poner diques a su tendencia. Así que, vamos allá.

Sigue leyendo…

La culpabilización de la víctima o cómo destruir a una persona

ch

El #victimblaming o culpabilización de la víctima está al orden del día. Estamos en pleno 2016, y aún hoy día cuando una chica es violada la gente pregunta que cómo iba vestida o comenta que ya le vale por ir a las tantas de la madrugada sola. Si es que a quién se le ocurre, pensar que la calle también es suya…

Este tipo de mensajes que, quiero pensar, quieren llamar a la precaución al más puro estilo vintage-parental (¿qué mujer no ha oído el clásico “hija, ve con cuidado”?), en realidad están revestidos de una misoginia y una crueldad que se ven en pocas situaciones.

Los casos que tanto suenan últimamente de Diana Quer y Tiziana Cantone son una pequeña muestra de lo que, desgraciadamente, sucede cada día; y en cada caso se oye exactamente lo mismo:

¿Por qué sola a esas horas? Ya se sabe que es peligroso.

Alguien le debería haber advertido.

Eso le pasa por dejarse grabar/por ir vestida así/por no tener cuidado.

Vamos, que si te pasa algo la culpa es tuya.

De esta forma la víctima no tiene que cargar sólo con el dolor de semejante experiencia sino con la vergüenza y la culpa de que ella no ha hecho nada por evitarlo. Que ese dolor se lo ha ganado. Que podría haberlo evitado. Que qué le pasa por haber sido tan tonta y haber consentido y propiciado ese evento. Y, así, el mensaje que se le manda a esa mujer es que está cargando con un castigo por ser como es, por hacer lo que hace. Por ser ella y ser libre al fin y al cabo. ¿Las consecuencias? Creo que están claras sabiendo tal y cómo ha terminado Tiziana. Y es que las víctimas, como si no tuvieran suficiente con sentirse humilladas por lo ya vivido, tienen que soportar este cuestionamiento -que es fácil acabar haciéndolo propio y entrar en autocastigo-. Y este es un paquete a llevar encima muy, muy grande. A veces tanto que se hace insoportable.

Sigue leyendo…

La herida de la exigencia I

herida

La exigencia nos abre en dos. Nos parte en dos mitades irreconciliables: lo que somos y lo que deberíamos ser.

Todas cargamos con esta herida. Una herida que nos aleja, nos distancia varios kilómetros de nosotras mismas. Una herida que tenemos grabada como una cicatriz. Y es que la exigencia es algo que conocemos bien, que vivenciamos prácticamente de forma automática, inconsciente, como un acto reflejo. Salta a la mínima. Tenemos tan bien aprendido el discurso de lo que debemos ser que vivimos en una lucha constante entre alcanzar esos objetivos del deber ser y la bien ansiada aceptación. Y esta batalla la pierde la aceptación desde el mismo momento en que comienza. Porque la exigencia es demasiado fuerte. Porque lo que “deberíamos ser” lo tenemos mucho más presente e infinitamente mejor valorado que lo que valemos y lo que somos.

Sigue leyendo…