Ligar en los tiempos de las apps

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En una de las últimas entradas del Blog comentaba sobre el miedo al compromiso y cómo es una plaga a día de hoy. Esta cuestión tiene, como es evidente, consecuencias a nivel personal. Y de esta parte es de la que voy a hablar ahora. ¿Que por qué ese título para este tema? Porque el miedo al compromiso y el uso de aplicaciones para encontrar pareja -aunque sea para una noche- tienen unas sinergias y una retroalimentación de bastante complejidad.

Empecemos por lo que comentaba en el anterior post: el miedo al compromiso se ha ido extendiendo de manera alarmante y estamos viviendo en unos tiempos en los que parece cada vez más difícil encontrar pareja, pese a la aparición de aplicaciones para este fin. Estas aplicaciones son un reflejo de los tiempos en los que vivimos, un artilugio en la que los milenials nos movemos como pez en el agua. Y es que si hay una característica definitoria de la vida actual en nuestra cultura es el uso -y en ocasiones abuso, también en lo relacional- de lo online en la vida cotidiana.

Ligar desde la frialdad

Lo online nos ha abierto nuevas formas de comunicación, lo que no deja de significar nuevas vías para relacionarnos, algunas muy útiles e incluso necesarias -no soy yo quien las vaya a demonizar-. Pero estas vías, sobre todo las mainstream y las que se utilizan en estas apps para ligar, utilizan el mensaje escrito como base comunicativa, y mediante el mismo está claro que no podemos obtener toda la complejidad que aporta una relación de tú a tú ya que se pierden elementos comunicativos: las miradas, los gestos, los tonos de voz, las reacciones de la otra persona cuando hablamos… En consecuencia, la comunicación se vuelve algo más fría.

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La memoria emocional oculta

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Todas tenemos diferentes formas de expresar nuestras emociones. Además, aquello que nos mueve emocionalmente es distinto en cada persona. Lo que a ti te parece una chorrada, a otras les puede suponer un mundo; lo que para ti es una alegría inmensa para otras personas no es para tanto… De la misma forma, cómo gestionamos nuestras emociones y, en última instancia, nuestra vida, difiere un montón entre nosotras. Y todo esto es debido en gran medida a la educación emocional que hemos recibido.

El concepto “educación emocional” puede sonar a chino. Resulta muy cierto y muy triste, que se nos conciencia sobre la importancia de la inteligencia en números, en letras, en ciencias, en humanidades… pero no en emociones. Es como si pensáramos que eso sale solo, que no hay nada que aprender. Y esto no es así. La manera de reaccionar emocionalmente es aprendida.

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El miedo al compromiso es la moda del siglo XXI

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Se habla de miedo al compromiso y automáticamente nos viene a la mente la imagen del hombre que va saltando de una mujer a otra. Es este prototipo el que tenemos en mente y es completamente lógico porque históricamente los hombres tienen más recorrido en esta fobia que las mujeres.

Para los hombres el mundo siempre ha estado abierto, de puertas hacia fuera podían acceder a lo demás, el mundo era suyo. Mientras que el universo de las mujeres era el hogar, formar una familia se nos asignaba como única aspiración y el cuidado del marido, de los hijos y del hogar se marcaba como el fin último de la felicidad, eliminando así, de un plumazo, todas las otras opciones. Que te digan que el mundo es tuyo, que está lleno de opciones y que te digan que el hogar es tu mundo tiene connotaciones muy diversas tanto a nivel de desarrollo personal y para el desarrollo de la fobia al compromiso.

Si a una persona se le dice que su fin es formar una familia y nada más y que eso va a ser su felicidad, ¿cómo va a desarrollar miedo al compromiso? Si a otra se le dice que hay mucho más allá, que los campos de la felicidad son diversos, e incluso que la familia es una trampa, la cosa cambia. Eso por no hablar de que la consquista de múltiples mujeres era un componente interesante de la masculinidad, que con cuantas más se estaba más hombre se era.

Sin embargo esta es una historia algo vieja, porque aunque es cierto que a nosotras se nos pone de cabecillas del cuidado familiar, también se nos dice que parte del mundo puede ser nuestro. Y menos mal. A partir de este cambio de paradigma social comenzaron a surgir más y más casos de miedo al compromiso en mujeres, las estadísticas entre hombres y mujeres se fueron igualando y, a día de hoy, la cosa está bastante más equilibrada. Conozco a muchos hombres con miedo al compromiso, pero también a muchas mujeres. Y la cosa sigue in crescendo. Cada vez es más gente quien lo sufre y son muy diversas las maneras en las que se manifiesta.

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El capitalismo en tu cerebro

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Vivimos en un sistema capitalista. El capitalismo es un hecho. En él se generan terribles desigualdades tanto sociales como salariales: ricos muy ricos, pobres muy pobres y todas las consecuencias que esto trae a distintos niveles, como el social o el familiar.

Pero no podemos entender este sistema solamente como un sistema económico con todas las catástrofes que trae, sino que va mucho más allá. Es un sistema que también nos configura, que nos moldea, que nos hace ser como somos y pensar de la manera en que pensamos. Es decir, nos afecta mucho más allá que a nuestra cuenta bancaria (y toda la extensión de cuestiones que esto puede desencadenar).

A nivel individual, yendo más allá cómo nos pueda afectar tener más o menos dinero, poder acceder más o menos a él -que, insisto, ya es mucho- el sistema capitalista contiene una serie de doctrinas e ideologías que nos calan a nivel individual y llegan a formar parte de nosotras mismas. Y como tantas de las ideas que se nos inculcan desde la infancia, llegamos a interiorizarlas tanto que ni las cuestionamos. Son ideas que se anclan como única perspectiva posible del mundo y de nosotras.

Una perspectiva que nos aleja como individuos, nos desune y nos enfrenta.

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La herida de la exigencia II

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Esta entrada sobre la exigencia la comencé a escribir hace unos días. Antes de que, así como por combustión espontánea, me pusiera a escribir la anterior entrada de Blog sobre la culpabilización de las víctimas. Pero como al final resulta que soy una melancólica y una romántica de cuidao, os dejo el post tal cual lo tenía escrito (sólo que lo he finalizado y revisado ortográfica y gramáticamente ;)). Reza tal cual:

Vuelve septiembre, vuelta al Blog. Hace unos meses que no escribo nada (verano de descanso y reflexión), y para ser el primer post de la temporada 2016-2017 (en la que se avecinan muchos cambios como ya les he ido anunciando a las suscriptoras) he decidido escribiros algo práctico. En concreto la segunda parte del post “La herida de la exigencia I“.

En él os hablé sobre los efectos de la exigencia, sobre cómo se cuela en nuestras vidas y el dolor que nos causa. Pero claro, después de saber esto surgen unas preguntas clave: ¿qué hago con ella una vez instaurada? ¿Se puede eliminar?

Como supondréis la respuesta no es sencilla; Así como el conseguirlo, tampoco. No es una cuestión fácil ni banal, y se tarda mucho tiempo tan sólo en modificar un poco esta tendencia. No puede ser de otra forma: ¿cómo vamos a cambiar rápido algo que hemos estado aprendiendo toda nuestra vida? ¿Cómo cambiar una tendencia prácticamente innata?

No, no estoy siendo derrotista, pero lo cierto es que eliminar la exigencia, o al menos, mantenerla a raya, requiere de un trabajo profundo y de largo tiempo, y suele requerir asistir a terapia. Esto es así porque sus raíces son profundas y hace falta escarbar en muchas cuestiones a las que solas es difícil acceder.

Sin embargo sí que hay cuatro cosas que podemos hacer nosotras mismas. Hay fórmulas para ir trabajándose la exigencia, pequeños pasitos que podemos dar. Y de esto es sobre lo que trata este post que lees, sobre pequeños consejos para trabajarla y comenzar a poner diques a su tendencia. Así que, vamos allá.

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