El miedo al compromiso es la moda del siglo XXI

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Se habla de miedo al compromiso y automáticamente nos viene a la mente la imagen del hombre que va saltando de una mujer a otra. Es este prototipo el que tenemos en mente y es completamente lógico porque históricamente los hombres tienen más recorrido en esta fobia que las mujeres.

Para los hombres el mundo siempre ha estado abierto, de puertas hacia fuera podían acceder a lo demás, el mundo era suyo. Mientras que el universo de las mujeres era el hogar, formar una familia se nos asignaba como única aspiración y el cuidado del marido, de los hijos y del hogar se marcaba como el fin último de la felicidad, eliminando así, de un plumazo, todas las otras opciones. Que te digan que el mundo es tuyo, que está lleno de opciones y que te digan que el hogar es tu mundo tiene connotaciones muy diversas tanto a nivel de desarrollo personal y para el desarrollo de la fobia al compromiso.

Si a una persona se le dice que su fin es formar una familia y nada más y que eso va a ser su felicidad, ¿cómo va a desarrollar miedo al compromiso? Si a otra se le dice que hay mucho más allá, que los campos de la felicidad son diversos, e incluso que la familia es una trampa, la cosa cambia. Eso por no hablar de que la consquista de múltiples mujeres era un componente interesante de la masculinidad, que con cuantas más se estaba más hombre se era.

Sin embargo esta es una historia algo vieja, porque aunque es cierto que a nosotras se nos pone de cabecillas del cuidado familiar, también se nos dice que parte del mundo puede ser nuestro. Y menos mal. A partir de este cambio de paradigma social comenzaron a surgir más y más casos de miedo al compromiso en mujeres, las estadísticas entre hombres y mujeres se fueron igualando y, a día de hoy, la cosa está bastante más equilibrada. Conozco a muchos hombres con miedo al compromiso, pero también a muchas mujeres. Y la cosa sigue in crescendo. Cada vez es más gente quien lo sufre y son muy diversas las maneras en las que se manifiesta.

He estado leyendo y pensando mucho al respecto (libro recomendado: “El temor al compromiso” de Steven Carter y Julia Sokol) y el hecho de que la cosa vaya en alza no me parece ninguna casualidad sino que, una vez más, los cambios sociales y generacionales nos han afectado a nuestra manera de vivir las relaciones.

Abanderadas de la independencia

Si por algo se caracteriza nuestra generación es por la búsqueda y la exaltación de la independencia. Sentirse fuerte y todopoderosa es una condición que siempre se ha visto en la juventud, pero ahora además ya no sólo queremos comernos el mundo sino que queremos ser independientes al máximo. Y, por supuesto que ser libre e independiente es bueno, pero el problema está en qué estamos entendiendo por libertad e independencia. O qué estamos haciendo para alcanzarla. Porque lo cierto es que este concepto, más allá de su componente empoderante, también lo hemos romantizado y viene teñido con el color del capitalismo.

Cuando pensamos en independencia no pensamos solamente en ser capaces de llevar las riendas de nuestra vida (que diría que es más o menos de lo que se trata la independencia), sino que generamos mentalmente una imagen superheroica en la que pensamos e incluso llegamos a decir “yo no necesito a nadie”.

“Yo no necesito a nadie”.

¿Segura?

Lo cierto es que somos un ser social. Más allá de teorías naturalistas y evolutivas, lo cierto es que para nuestro bienestar completo necesitamos a otras personas en nuestra vida. Igual que necesitamos comer o necesitamos beber. Sin otra gente no somos nada. Es decir, somos seres dependientes. Somos interdependientes. Sé que hay mucha mala fama al respecto de la palabra dependencia pero es importante que le quitemos el estigma.

Porque ser dependiente es malo siempre que lo seamos solamente de una persona o que esta dependencia nos lleve a no saber prácticamente salir de casa si no es acompañada porque no sabemos gestionar absolutamente nada de nuestro día a día. Si no sabemos respirar sin esa persona. Porque una historia bien distinta es aquella de por qué las mujeres caemos más en la dependencia emocional de la pareja. Pero si dependemos de otra gente para sentirnos del todo bien, para sentirnos queridas y valiosas, la verdad es que no nos ocurre nada malo.

¿Por qué pensamos que podemos amarnos a nosotras por completo en ausencia de otra gente? ¿Este autoestima onanista no es acaso un producto del individualismo capitalista que nos dice que podemos proveernos de todo por nuestra cuenta para ser felices? El mismo que nos hace pensar que no necesitamos a nadie para estar bien, el que nos aísla, el que nos encierra. El que nos empuja a “cada persona a lo suyo”.

Pero claro que necesitas. Y necesitar a otras personas no está mal. Castigarse por esto es como castigarse por necesitar comer.

Somos interdependientes. Y está bien que así sea. Porque, ¿quién eres sin un otro?

La libertad como nuestro mayor tesoro

No estamos entendiendo bien la independencia, o al menos no la estamos entendiendo de manera sana, si por conseguirla debilitamos los vínculos porque “nos presionan” o “nos quitan libertad”. Porque nos limitan.

Creemos que si alcanzamos esa independencia y esa libertad seremos del todo felices. Y lo que “presiona”, lo que “obliga” consideramos que automáticamente nos hace infelices.

Y no voy a quitar la razón en que toda relación limita. Cualquiera. El tiempo que inviertes en una persona es tiempo que te quita para invertir en otra o incluso en ti misma. Una relación es esfuerzo. Es cargar con lo ajeno. Es aguantar la porquería de otra persona. Es quitar todo el resto de opciones de cosas por hacer y por experimentar para dedicárselo a esa persona en concreto. El tiempo que le dedicas a otra persona sólo es para ti y para él. Para ti y para ella. Y dices adiós a todo lo demás. Priorizas esa relación en ese momento por encima de lo demás, perdiéndote así otras opciones.

Feo, ¿no?

Y lindo a la vez.

Es lindo porque dedicar el tiempo a otra persona es dedicarle tiempo al vínculo, a la relación. Al cuidado. A lo vulnerable, a lo tierno, a lo frágil. Es sostener. Es construir un puente desde tu soledad hacia la soledad de otra persona y así dejar de sentirla. Es abrir canales de comunicación, es generar una red de apoyo. Es es abrir tu punto de vista, ofrecer todo lo bueno que tienes, abrir tus fortalezas y debilidades para que otra persona pueda descubrirse y construirse desde lo que tú le das. Y para que tú obtengas lo mismo.

Así que sí, pierdes una parcela de libertad cuando te comprometes en una relación. Pero creces más. Y haces crecer. Y cuidas y te cuidan.

¿Qué es lo que prefieres?

Padres infelices: yo no quiero eso

En muchas ocasiones tenemos miedo a reproducir lo que han hecho nuestros padres. A veces esa soberbia de la adolescencia no desaparece y seguimos mirándolos por encima del hombro. Como referentes que son no podemos evitar hacer una comparativa con lo que han hecho con sus vidas y lo que hacemos nosotras con las nuestras y en muchos casos rechazamos su modelo de vida. Y este modelo suele contemplar la tríada trabajo fijo-matrimonio-descendencia.

Procurando construir un modelo de vida diferente, en parte porque muchas veces sentimos o nos han hecho sentir que se lo debemos (nos han dado oportunidad de estudio, eso que ellos no tuvieron, se han dejado la piel en abrirnos todas las posibilidades…) rechazamos incluso la idea de comenzar una relación con alguien y comprometernos con ella, porque como hemos aprendido esto puede suponer un “comprometerse hasta el final”.

No, rechazar la idea de “si te casas es para siempre” no tiene nada de malo y es liberador. La lucha contra los principios del amor romántico es algo necesario para crear modelos de amor más sanos, pero a veces en el camino de esta deconstrucción se nos cuela más dinamita de la necesaria y acabamos por rechazar todo aquello que suponga intimidad cuando lo que buscamos es eliminar la otra idea; porque ésta primera, la de la intimidad, puede llevar a la otra, al “para siempre”. Y nos asustamos. Algo así como “si me comprometo puede que sea para siempre”. Horror.

Este “comprometerse hasta el final” pase lo que pase en muchas ocasiones lleva a matrimonios infelices, a parejas que están aburridas mutuamente, matrimonios que se rompen y uno de los componentes entra en bucle y no sabe qué hacer con su vida… Y no queremos eso.

Así que, en comparación con generaciones pasadas, somos una generación muy formada -lo que en teoría supone más oportunidades y contemplar que más parcela del mundo puede ser nuestra, que podemos hacer lo que queramos- según nos han dicho nuestros padres y el capitalismo, que somos libres, fuertes y jóvenes. Que tenemos la vida por delante. Y no queremos ser infelices como lo son algunos de nuestros padres. Nos asusta una vida plana como la suya. Tan infeliz como la suya -o tan infeliz como interpretamos que es-.

Eso más estilos parentales sobreprotectores que pueden llevar a que la intimidad la vivamos como una amenaza, la explosión del capitalismo -es decir, del individualismo egoísta, del “todo se compra” hasta la felicidad- aquí en España después del franquismo en los años 70, y la desvinculación global que ha sobrevenido en la postmodernidad(1), el caos relacional está servido.


 

En definitiva andamos por la vida buscando la libertad pero sintiéndonos solas, temiendo que alguien nos asfixie pero agobiadas si dormimos cada noche con la cama vacía. En un mundo de contradicciones en el que no acabamos de ver que el renunciar a una parcela de libertad nos puede traer algo bueno. En el que la independencia la extremamos y la ponemos por encima del vínculo. En el que no acabamos de creer que elegir a alguien (o “alguienes”) para que nos acompañe en nuestra vida, en nuestros proyectos nos haga bien. Con miedo al compromiso. Y sufriendo sus solitarias consecuencias.

 

 

(1) Hay ideas muy interesantes en este artículo al respecto.

Imagen: Blog Spoon Graphics

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2 comentarios

  1. Me he planteado esto muchas veces, en términos similares pero nunca de manera tan clara y directa.

    Cumplí los 28 hace poco y soy una “soltera empedernida”, ¿las razones? muchas: porque la vida me lo ha puesto así, porque sí, porque no tengo tiempo, por falta de opciones, porque las chicas que he conocido no me gustan y así podría seguir con una eterna lista de verdades (¿o excusas?).

    Sin embargo, llega un momento y pienso, “ok, ya no quiero seguir soltera, pero tampoco quiero quedarme con la primera que se me cruce”. Porque creo que no es sano estar con alguien por no estar sola, porque a la larga estaría jugando con los sentimientos de una persona que tal vez podría llegar a comprometerse mucho más que yo. Y ahí caígo de nuevo en la reflexión de si seré yo quién se cierra ante nuevas posibilidades o es que de verdad no existe alguien con quien pueda sintonizar al menos un par de años.

    En fin, un cuento de nunca acabar que quería compartir.

    Saludos.

    P.S. Hace mucho que no visitaba blogs y este me encantó.

  2. No acostumbro a leer blogs pero este articulo me ha cautivado, expresa mucho la forma en la que se llegan a confundir conceptos de libertad y compromiso. Me encanto felicidades. Saludos desde Venezuela

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