Hombres, mujeres, razón y emoción

women flower

Parece que últimamente los temas que trato en los artículos inéditos para las suscriptoras me inspiran para escribir en el Blog. Este mes he tratado el tema de los estereotipos y cómo estos no se valoran de la misma forma cuando se trata de los masculinos o de los femeninos. Y trataba, muy por encima, cómo la emotividad en la que se nos educa y presupone a las mujeres es infravalorado cuando se trata de ir más allá de lo estrictamente privado. Cuando se trata de política o decisiones sociales.

La idea de que “las mujeres no pueden estar en política porque en esos días no pueden tomar decisiones racionales” o porque somos demasiado emocionales, simple y llanamente, es un argumento antiguo pero a la vez muy al día. Esta misma idea de que no podemos tomar decisiones ecuánimes, decisiones desprovistas de emoción, se sigue leyendo en comentarios como “¿qué tienes la regla?” cuando damos una respuesta enfática. Se nos acusa de “emocionales” para invalidar nuestros argumentos; De “demasiado sensibles” cuando las cosas nos afectan. La razón siempre se les ha atribuido a ellos y la emoción a nosotras.

De esta manera se nos está diciendo que la emoción no es buena para la razón, que debe de estar fuera del proceso de toma de decisiones. Existe esta creencia de que para decidir, las emociones cuanto más lejos mejor. Pero esto es más una ilusión que una realidad.

En todas las decisiones que tomamos hay un componente emocional. Absolutamente siempre. Cuando estamos tomando una decisión en el cerebro se activan tanto las partes racionales como las emocionales. Todo funciona como una orquesta, no existe tal cosa como que nos funciona sólo una parte y la otra se queda silenciada. No tomamos las decisiones solamente con la parte racional del cerebro, sino también con la emocional, aunque no seamos conscientes de que así sucede. Porque una cosa es creer que no están tomando parte tus emociones y otra cosa es que realmente sea así. Y este último caso es sencillamente imposible.

Cuando creemos que nuestra decisión es puramente racional lo único que hacemos es no tener en cuenta la parte emocional, pero esta parte existe, está y forma parte del proceso. No somos seres 100% racionales.Y siendo éste un hecho resulta más interesante tener en cuenta las emociones, reconocerlas y sentirlas en vez de esforzarnos por apartarlas, porque estar están. Es decir, más nos vale tenerlas presentes, tenerlas en cuenta y saber cuáles son. O lo que es lo mismo: más nos vale tener conexión con las propias emociones. Precisamente lo que se nos fomenta mayormente a las mujeres. Por lo que se nos viene a decir que no somos válidas para tomar decisiones serias.

Y sin embargo, precisamente por esta capacidad se nos trata de vetar nuestras opiniones, cuestionar nuestras decisiones y ponernos en entredicho. Cuando tal vez el trabajo debería ser el contrario: no huir de las emociones y apartarlas, sino acercarlas y que nos ayuden a decidir. Que sean nuestra veleta, nuestro indicador, nuestra guía.

Parece que el argumento de que somos “demasiado emocionales” lo que sirve al final es para perpetuar el rol de hombres públicos y mujeres privadas. Porque bien que se nos pide que seamos empáticas y emocionales para criar a los hijos o para ser el apoyo en los malos momentos. Bien que se nos pretende la capacidad de escuchar los problemas o que ayudemos a resolver conflictos personales. Pero esta misma capacidad ha sido repudiada en asuntos políticos o sociales. Y, tristemente, sigue siéndolo. Ya va tocando cambiar el cuento: no estamos por encima de nuestras emociones. El lóbulo frontal, la parte racional, no actúa de forma independiente.

Dejemos algo completamente claro: las emociones no son peligrosas para tomar decisiones. Para ninguna. Son necesarias. Porque están, van a estar aunque no las veas. Es nuestra decisión querer ser conscientes de ellas o ignorarlas y hacer como si no existieran.

Así que cuando las tenemos en cuenta para cualquier ámbito de nuestra vida estamos haciendo lo más correcto. Hay que ponerlas en sincronía con las razones, hay que ayudar a que la orquesta suene fina. Y eso sólo sucede atendiendo a las dos partes y no apartando a la emocional, a la que parece que tememos. Y es que nos acerca más al mundo instintivo y animal y tal vez por eso las rehuimos. Porque parece que las emociones salen desde las tripas y no desde la reflexión sesuda. Porque parece que sigan una vía más instintiva y las sentimos como más fuera de nuestro control. Porque nos interpelan más. Porque nos ponen más en la palestra, nos tocan y exponen de una forma más personal. Tal vez por eso las temamos y consideremos que son peligrosas. Tal vez por eso insistamos en minimizarlas. Tal vez lo hagamos porque tenemos demasiada la ilusión de control que nos da la razón.

Estar apegadas y ser conscientes de nuestras emociones no es algo de lo que nos tengamos que sentir avergonzadas. Hay que seguir escuchándolas y aprender día a día a ser más inteligentes emocionalmente. Porque este es un proceso largo, de toda la vida. Y, sobre todo, hay que cortar con la idea de que van en nuestra contra. Aún incluso cuando parece que van en contra de las razones hay que sacarlas y ponerlas sobre la mesa. Para que dialoguen con la razón, para que lleguen a un punto de acuerdo. Para que se entiendan, porque ambas partes son importantes por igual y sólo poniéndolas en sincronía podremos tomar las decisiones con una claridad plena.

Tal vez nos haría falta una mayor conexión con nuestras emociones para tomar mejores decisiones. Tal vez el problema no sean las emociones mismas sino la ignorancia que tenemos frente a ellas y querer apartarlas de los procesos decisorios. Tal vez las acusaciones de ser “demasiado emocional” no tengan demasiada razón, y más aún cuando surgen de un mundo cuya inteligencia emocional deja bastante que desear.

Tal vez el problema no sean las emociones. Tal vez el problema sea creer que tenemos un “exceso de razón”. Tal vez haya que escucharlas más para tomar decisiones sociales, políticas y humanas. Tal vez el problema es que muchas veces actuamos como autómatas.

Tal vez tengamos que pararnos y reflexionar más sobre el sentir.

Imagen: Andrea Farina

¿Tú qué opinas?

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *