La herida de la exigencia I

herida

La exigencia nos abre en dos. Nos parte en dos mitades irreconciliables: lo que somos y lo que deberíamos ser.

Todas cargamos con esta herida. Una herida que nos aleja, nos distancia varios kilómetros de nosotras mismas. Una herida que tenemos grabada como una cicatriz. Y es que la exigencia es algo que conocemos bien, que vivenciamos prácticamente de forma automática, inconsciente, como un acto reflejo. Salta a la mínima. Tenemos tan bien aprendido el discurso de lo que debemos ser que vivimos en una lucha constante entre alcanzar esos objetivos del deber ser y la bien ansiada aceptación. Y esta batalla la pierde la aceptación desde el mismo momento en que comienza. Porque la exigencia es demasiado fuerte. Porque lo que “deberíamos ser” lo tenemos mucho más presente e infinitamente mejor valorado que lo que valemos y lo que somos.

Desde bien pequeñas nos inculcan este “cómo deber ser”. Cómo es ser “una buena mujer”. Los canales por los que vamos recibiendo este mensaje son variados y potentes, abarcan desde la familia más inmediata a los productos que la sociedad crea, como por ejemplo los anuncios.

En definitiva, poco a poco nos inculcan cómo debemos ser, cómo seremos más aceptadas, cómo seremos “mejores”. Y el problema es mayor de lo que parece, puesto que no sólo se trata de que nos digan cómo debemos ser, sino que no se nos educa en vernos y valorarnos a nosotras mismas. Se nos impone un ideal mientras que nos hacen ciegas a lo que realmente somos. Con lo que, como resultado, no sabemos apreciarnos a nosotras mismas. ¿Cómo vamos a hacerlo si no vemos lo que valemos y nos confrontan la pobre imagen que tenemos de nosotras con ideal completamente inalcanzable? Este es el nacimiento de la terrible exigencia a la que nos someten… y nos sometemos.

La exigencia en nuestras vidas

Todas vivimos con un determinado componente de exigencia; en unas es más agresivo que en otras, pero no hay nadie que se libre.

Siendo mujer esto se multiplica y resulta realmente difícil escapar de cualquier tipo de exigencia. Alrededor nuestro no nos lo ponen fácil: sé así; no seas así; viste así, pero no de aquella manera; piensa así si no quieres ser catalogada de tal forma; deja de pensar en aquello, es de mala mujer. Sé más femenina; sé menos femenina. Píntate más; no te pintes tanto.

Y todas estas creencias, sin darnos cuenta, las vamos haciendo propias, las vamos haciendo la guía de cómo debemos construirnos. El apretarnos por encajar en esas ideas, en ese patrón de mujer irreal, siempre bella, siempre perfecta y siempre correcta que nos venden, es la exigencia.

La exigencia trata de acercarnos más a un ideal, pero el precio a pagar es grande: nada menos que dejar una parte de nosotras mismas en el camino. El problema más grande de esto no es el hecho en sí de que tratemos de encajar en algo irreal -lo cual ya es lo suficientemente grave- sino que la voz interior que nos vende esta idea nos convence de que, perseguir ese ideal, es beneficioso para nosotras. Nos embauca, nos hace creer que es una buena guía. ¿Cómo no va a ser un buen consejo el querer ser mejor? Pero es que la exigencia hace trampa: no es que nos diga que podemos mejorar en algo, no es una fuerza que anime; No es algo que nos diga “eres buena en esto, y si quieres puedes ir más allá”. Todo lo contrario: es una fuerza que nos tira hacia abajo porque lo que nos dice en realidad es que no somos suficiente.

Y eso duele mucho.

Las consecuencias

Imagínate que tienes a alguien constantemente diciéndote que debes cambiar. Que debes ser mejor. Que todavía no has alcanzado a ser lo suficientemente ______ (pon aquí tu adjetivo preferido). ¿No encuentras que sería horroroso? ¿No crees que esa persona es impertinente por estar presionándote tanto? ¿No te darían ganas de enviarla bien lejos?

Bien, pues cuando tenemos la exigencia muy grande esa persona no somos más que nosotras mismas. No es más que el reflejo de lo que hemos comprado como lo que deberíamos ser.

Y así, a lo largo de nuestras vidas, vamos exigiéndonos ser quienes no somos. Nos apretamos por cambiar y no aprendemos nunca a ver lo que en realidad somos. Esto nos abre una herida. Una herida que nos duele permanentemente y que tenemos que aprender a sanar. Y la única forma de hacerlo es aprender a conocernos, saber estar más cerca de nosotras mismas. Y aplacar a la exigencia.

Este es un arduo camino que es complicado de recorrer, porque solemos estar bastante alejadas de quiénes somos. Lo bueno es que no es un camino imposible; Es un camino que comienza por la aceptación, tanto de lo bueno como de lo malo que tenemos. Es un camino que implica el valor de dejar a un lado la manera conocida que tenemos de tratarnos y comenzar a hacerlo desde una óptica diferente. Es el camino a ver quiénes somos, de verdad. Con todas nuestras dudas y conflictos, evitando caer en querer buscar algo así como una fórmula “pura” de quienes somos. Porque si algo somos es complejidad, es contradicción; A la vez que sencillez y creatividad. Somos mucho. Y tenemos que aprender a verlo y a parar la exigencia, a dejar de tratarnos tan mal como ella quiere que nos tratemos.

Este es otro punto, el aprender a parar la exigencia, difícil: cuando somos exigentes es que llevamos un largo recorrido en ello. Somos expertas. Hay que aprender a manejar algo que tenemos metido hasta el tuétano, que nos salta automáticamente.

Son esfuerzos grandes pero realmente necesarios. Para acercarnos más a nosotras, sentirnos más cerca, y alejar lo que nos hace daño.

Dentro de poco escribiré estrategias al respecto. Mientras tanto, recuerda: no debes ser lo que te han dicho que deberías. Tienes mucha valía y sólo queda aprender a verlo. Aprender a verte a ti misma.

Imagen: Daniela Paz

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