La memoria emocional oculta

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Todas tenemos diferentes formas de expresar nuestras emociones. Además, aquello que nos mueve emocionalmente es distinto en cada persona. Lo que a ti te parece una chorrada, a otras les puede suponer un mundo; lo que para ti es una alegría inmensa para otras personas no es para tanto… De la misma forma, cómo gestionamos nuestras emociones y, en última instancia, nuestra vida, difiere un montón entre nosotras. Y todo esto es debido en gran medida a la educación emocional que hemos recibido.

El concepto “educación emocional” puede sonar a chino. Resulta muy cierto y muy triste, que se nos conciencia sobre la importancia de la inteligencia en números, en letras, en ciencias, en humanidades… pero no en emociones. Es como si pensáramos que eso sale solo, que no hay nada que aprender. Y esto no es así. La manera de reaccionar emocionalmente es aprendida.

La educación emocional no comienza en los albores de nuestra conciencia. A veces pensamos que por no recordar, no nos afecta. Pero lo cierto es que nuestra educación, incluida la emocional, comienza desde bien pequeños.

El entorno, como en todo, nos influencia. Lo que captamos a nuestro alrededor es lo que nos marca las pautas a cómo reaccionar. Y en los bebés, la influencia que ejercen los padres es crucial. No sólo es para ellos el modelo de cómo moverse por el mundo, sino que, además, a partir de la reacción de los padres a los actos del bebé, le servirán a él para saber si hace bien, si hace mal, etc. Es decir, los más pequeños aprenden a utilizar la relación con sus padres para regular sus emociones 1.

Sí que es cierto que todos venimos con ciertas predisposiciones al mundo. Digamos que nuestro “pack genético” nos dota de ciertas sensibilidades específicas. Es por eso que, a veces, se ve cómo niñas pequeñas gemelas, bajo las mismas circunstancias y con el mismo entorno, reaccionan de diferente manera: habrá una que esté emocionadísima si la ponen en un andador y otra que no le haga ni caso. Seguro que habéis visto casos bien curiosos.

Volviendo a la influencia del entorno, para que veáis un ejemplo, cuando un bebé cae, lo primero que hará será buscar la reacción de su madre o su padre (nota: no tiene por qué ser madre/padre biológico). En función de cómo él o ella responda, así reaccionará el bebé; si se hace con despreocupación, el bebé reirá, si se asusta, el bebé llorará. Cuando somos tan pequeñines usamos a nuestros padres como espejo, como puerta que nos diga cómo debemos reaccionar. Porque este mismo bebé, si está en presencia de otra persona, no le hará tanto caso. Y es que con nuestros padres sentimos eso que Riera1 nos dice: “yo siento que tú sientes lo que yo siento”. Y así, con tan solo un añito, el bebé ya sabe si debe reclamar a su madre cuando ésta se ha ido.

Por eso la relación paterno/materno-filial resulta tan importante, y es que es crucial para el desarrollo de la criatura en todos los sentidos. Incluso para la supervivencia. Se ha observado que los bebés que son abandonados y están en orfanatos, pero no reciben ningún calor humano, tienen una tasa de muerte muy superior a los bebés que sí lo tienen. Simplemente, se dejan morir 2.

La importancia crucial del inconsciente la volvemos a ver aquí: la explicación biológica del aprendizaje emocional, es que nuestro cerebro pasa por diferentes etapas para llegar a ser maduro. El primer hemisferio que se desarrolla es el derecho, que es el encargado de las emociones y las experiencias corporales. El otro hemisferio, el izquierdo, que se encarga del procesamiento verbal no comienza a desarrollarse hasta los tres años 1. Este aprendizaje también se alberga en esa parte menos visible de nuestra mente. Nosotros no albergamos recuerdos conscientes de cómo aprendimos a reaccionar, de por qué sentimos miedo, angustia o alegría con tanta facilidad. Simplemente lo sentimos.

En casos más desafortunados, la hija o hijo no aprenderá a expresarse con libertad, se pondrá una máscara que resulta la reacción de lo que sus padres quieren ver en ella/él, si los padres no le permiten una conexión auténtica; se sentirá asustada/o y aprenderá que para gustar a sus padres, es preciso mostrar otra cosa que la que realmente siente. De esta manera, una vez haya crecido, tendrá muchas dificultades para relacionarse con el mundo y consigo misma/o, puesto que no se conocerá lo suficiente, no sabrá qué hay debajo de todas esas capas ficticias 1.

E incluso, una educación emocional nula puede llevar a tener una conexión nefasta con las emociones. No aprender a sentirlas puede llevar a taparlas y a no conectar con ellas jamás. Problemas de frialdad, agresividad y sociopatía pueden tener su origen aquí.

Esto parece muy tremendista, pero lo bueno es que las consecuencias de esta educación no tienen por qué ser irremediables. Por supuesto que la persona adulta puede modificar esos patrones aprendidos y llegar a tener un autoconocimiento y, por tanto, una relación con el mundo de lo más sana y vital, pero lo cierto es que requerirá un gran esfuerzo. Y es posible que se necesite la ayuda de un especialista.

Yo aventuro que en esta educación emocional, también encontramos una de las explicaciones a por qué mujeres y hombres reaccionamos de manera distinta a las emociones. Ya sabemos que es un hecho que nos tratan distinto a niños y niñas, que cuando algo le sucede a un bebé niño, la reacción no suele ser la misma a lo que sucede cuando le pasa a un bebé niña. En el momento de transmitir esas reacciones emocionales que configurarán nuestra manera de sentir, habrá un sesgo entre ambos, porque todas las creencias, ideologías que se albergan en la mente de las personas adultas afectarán a la manera de educar, tanto consciente como inconscientemente, a la descendencia.

Con esto quiero decir que, más allá de la influencia de las hormonas sexuales que nos comportan unas tendencias emocionales, la manera de expresar aquello que sentimos, y la importancia que le damos, es completamente aprendido. Que no hay una diferencia biológica en el expresar emociones entre mujeres y hombres. Como dice la neurobióloga Catherine Vidal ante la pregunta de si el cerebro tiene sexo:

Sí y no. Sí, porque el cerebro controla las funciones de reproducción. Por lo tanto, los cerebros de machos y hembras no son idénticos. […] Pero la respuesta también es no […]. De hecho, para que emerja el pensamiento, el cerebro debe ser estimulado por en entorno. Cuando nacemos sólo el 10% de nuestras 100 mil millones de neuronas están conectadas entre sí. El 90% de las conexiones restantes se van construyendo progresivamente a merced de las influencias de la familia, la educación, la cultura y la sociedad 3.

El fenómeno del que habla Catherine es el de la plasticidad neuronal. Aquello que se fomenta y se refuerza -ya sean conductas, aprendizajes verbales, etc.- generará unas conexiones fuertes en el cerebro, y aquello que se menosprecia o no se fomenta acabará perdiendo su base neuronal (o esta no se generará). Esto mismo sucede con las emociones.

Es vital que revaloricemos la importancia del aprendizaje emocional, tanto explícito como implícito. Y para esto último es importante que nosotras mismas saneemos nuestro propio aprendizaje. Así sabremos escuchar y fomentar con más calidad la expresión de las emociones en la gente de nuestro alrededor. Es básico para poder vivir mejor.

Referencias

1 Riera, R. (2011). La conexión emocional. Barcelona: Octaedro.

2 Orbach, S. (2010). La tiranía del culto al cuerpo. Paidós. Cap. 2

3 VVAA (2009, Abril). El cerebro entre ciencia e ideología. Revista del Espacio Europeo de la Investigación, Especial (El camino hacia la igualdad), 16. Extraído de http://ec.europa.eu/research/research-eu/pdf/research_eu_women_es.pdf

*Artículo escrito originalmente para Proyecto Kahlo

Imagen: Pinterest

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