La herida de la exigencia I

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La exigencia nos abre en dos. Nos parte en dos mitades irreconciliables: lo que somos y lo que deberíamos ser.

Todas cargamos con esta herida. Una herida que nos aleja, nos distancia varios kilómetros de nosotras mismas. Una herida que tenemos grabada como una cicatriz. Y es que la exigencia es algo que conocemos bien, que vivenciamos prácticamente de forma automática, inconsciente, como un acto reflejo. Salta a la mínima. Tenemos tan bien aprendido el discurso de lo que debemos ser que vivimos en una lucha constante entre alcanzar esos objetivos del deber ser y la bien ansiada aceptación. Y esta batalla la pierde la aceptación desde el mismo momento en que comienza. Porque la exigencia es demasiado fuerte. Porque lo que “deberíamos ser” lo tenemos mucho más presente e infinitamente mejor valorado que lo que valemos y lo que somos.

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Tu mejor aliada

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Podemos ser nuestras peores enemigas.

Sí, suena a cliché. A frase hecha con trampa que obvia todo lo malo que puede venir de fuera. A dicho tramposo que nos hace sentir culpables en nuestro propio pellejo.

Pero es cierto.

Tenemos la capacidad de ser las personas que nos pongan más impedimentos para cualquier cosa. Para avanzar, para comenzar, para seguir. Podemos ser las que nos tratemos peor, las que nos hagamos más daño. Las que nos apliquemos el ojo crítico más grosero y corrosivo.

Pero así como tenemos esta capacidad tenemos también exactamente la contraria: ser nuestro mejor apoyo. Podemos ser quienes pongamos más abono en nuestro terreno.

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