El capitalismo en tu cerebro

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Vivimos en un sistema capitalista. El capitalismo es un hecho. En él se generan terribles desigualdades tanto sociales como salariales: ricos muy ricos, pobres muy pobres y todas las consecuencias que esto trae a distintos niveles, como el social o el familiar.

Pero no podemos entender este sistema solamente como un sistema económico con todas las catástrofes que trae, sino que va mucho más allá. Es un sistema que también nos configura, que nos moldea, que nos hace ser como somos y pensar de la manera en que pensamos. Es decir, nos afecta mucho más allá que a nuestra cuenta bancaria (y toda la extensión de cuestiones que esto puede desencadenar).

A nivel individual, yendo más allá cómo nos pueda afectar tener más o menos dinero, poder acceder más o menos a él -que, insisto, ya es mucho- el sistema capitalista contiene una serie de doctrinas e ideologías que nos calan a nivel individual y llegan a formar parte de nosotras mismas. Y como tantas de las ideas que se nos inculcan desde la infancia, llegamos a interiorizarlas tanto que ni las cuestionamos. Son ideas que se anclan como única perspectiva posible del mundo y de nosotras.

Una perspectiva que nos aleja como individuos, nos desune y nos enfrenta.

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La herida de la exigencia II

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Esta entrada sobre la exigencia la comencé a escribir hace unos días. Antes de que, así como por combustión espontánea, me pusiera a escribir la anterior entrada de Blog sobre la culpabilización de las víctimas. Pero como al final resulta que soy una melancólica y una romántica de cuidao, os dejo el post tal cual lo tenía escrito (sólo que lo he finalizado y revisado ortográfica y gramáticamente ;)). Reza tal cual:

Vuelve septiembre, vuelta al Blog. Hace unos meses que no escribo nada (verano de descanso y reflexión), y para ser el primer post de la temporada 2016-2017 (en la que se avecinan muchos cambios como ya les he ido anunciando a las suscriptoras) he decidido escribiros algo práctico. En concreto la segunda parte del post “La herida de la exigencia I“.

En él os hablé sobre los efectos de la exigencia, sobre cómo se cuela en nuestras vidas y el dolor que nos causa. Pero claro, después de saber esto surgen unas preguntas clave: ¿qué hago con ella una vez instaurada? ¿Se puede eliminar?

Como supondréis la respuesta no es sencilla; Así como el conseguirlo, tampoco. No es una cuestión fácil ni banal, y se tarda mucho tiempo tan sólo en modificar un poco esta tendencia. No puede ser de otra forma: ¿cómo vamos a cambiar rápido algo que hemos estado aprendiendo toda nuestra vida? ¿Cómo cambiar una tendencia prácticamente innata?

No, no estoy siendo derrotista, pero lo cierto es que eliminar la exigencia, o al menos, mantenerla a raya, requiere de un trabajo profundo y de largo tiempo, y suele requerir asistir a terapia. Esto es así porque sus raíces son profundas y hace falta escarbar en muchas cuestiones a las que solas es difícil acceder.

Sin embargo sí que hay cuatro cosas que podemos hacer nosotras mismas. Hay fórmulas para ir trabajándose la exigencia, pequeños pasitos que podemos dar. Y de esto es sobre lo que trata este post que lees, sobre pequeños consejos para trabajarla y comenzar a poner diques a su tendencia. Así que, vamos allá.

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La herida de la exigencia I

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La exigencia nos abre en dos. Nos parte en dos mitades irreconciliables: lo que somos y lo que deberíamos ser.

Todas cargamos con esta herida. Una herida que nos aleja, nos distancia varios kilómetros de nosotras mismas. Una herida que tenemos grabada como una cicatriz. Y es que la exigencia es algo que conocemos bien, que vivenciamos prácticamente de forma automática, inconsciente, como un acto reflejo. Salta a la mínima. Tenemos tan bien aprendido el discurso de lo que debemos ser que vivimos en una lucha constante entre alcanzar esos objetivos del deber ser y la bien ansiada aceptación. Y esta batalla la pierde la aceptación desde el mismo momento en que comienza. Porque la exigencia es demasiado fuerte. Porque lo que “deberíamos ser” lo tenemos mucho más presente e infinitamente mejor valorado que lo que valemos y lo que somos.

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Perfeccionismo y negatividad

got

El perfeccionismo puede llevarnos a verlo todo negativo. No tiene por qué pasar siempre así, pero es una posibilidad que encierra el quererlo todo perfecto: porque si no está perfecto, es mejorable. Es decir, nos lleva a enfocarnos en lo negativo de un asunto.

El perfeccionismo es una característica que se ve con buenos ojos. Dices “soy perfeccionista” y automáticamente se te imagina como una persona meticulosa, que cuida los detalles y que quiere hacerlo todo lo mejor posible. Sin embargo, yo no creo que ser perfeccionista sea algo bueno; así como tampoco creo que no se pueda ser meticulosa, detallista y que te esfuerces en hacerlo todo bien si no eres perfeccionista.

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Los errores cuentan

pez

A nadie le gusta equivocarse. Y yo me pongo la primera de la lista. Me cuesta aceptar el error, no hacerlo todo perfecto. Porque no me gusta verme falible y porque también los errores traen consecuencias… generalmente poco agradables.

Pero erramos. (Y justamente mientras pensaba en los errores me encontré de casualidad con este artículo de Oye Deb hablando de ellos. De esos artículos que te vienen que ni pintados).

Aunque lo cierto es que lo que resulta más complicado cuando fallamos no es el hecho de fallar y ni siquiera sus consecuencias -o no-consecuencias-; Lo más difícil es a lo que nos enfrentan. Es cómo nos hacen sentir con nosotras mismas y cómo afecta a la percepción y el sentir de quiénes somos y cómo actuamos.

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