La memoria emocional oculta

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Todas tenemos diferentes formas de expresar nuestras emociones. Además, aquello que nos mueve emocionalmente es distinto en cada persona. Lo que a ti te parece una chorrada, a otras les puede suponer un mundo; lo que para ti es una alegría inmensa para otras personas no es para tanto… De la misma forma, cómo gestionamos nuestras emociones y, en última instancia, nuestra vida, difiere un montón entre nosotras. Y todo esto es debido en gran medida a la educación emocional que hemos recibido.

El concepto “educación emocional” puede sonar a chino. Resulta muy cierto y muy triste, que se nos conciencia sobre la importancia de la inteligencia en números, en letras, en ciencias, en humanidades… pero no en emociones. Es como si pensáramos que eso sale solo, que no hay nada que aprender. Y esto no es así. La manera de reaccionar emocionalmente es aprendida.

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Mis emociones no siguen a mi razón

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¿A quién no le ha pasado que ha sentido que sus emociones no eran las adecuadas, que no se ceñían a lo que pensaban, a lo que parecía más lógico?

La sensación de que las emociones van por su cuenta la hemos sentido todas en algún momento. Y esa no correspondencia con nuestra lógica, con nuestra parte más racional nos llega a irritar, nos lleva a cuestionarnos y, en definitiva, nos lleva a sentirnos peor con nosotras mismas por el hecho de no tener esa compatibilidad que nos gustaría y que llegamos a valorar como “normal”, como “lo que tiene que ser”; Y que, creemos, prácticamente sucede de forma espontánea. Como si el pensar y el sentir fueran de la mano de manera incuestionable. Como si cambiar el pensar fuera una garantía absoluta para cambiar el sentir de manera instantánea.

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Hombres, mujeres, razón y emoción

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Parece que últimamente los temas que trato en los artículos inéditos para las suscriptoras me inspiran para escribir en el Blog. Este mes he tratado el tema de los estereotipos y cómo estos no se valoran de la misma forma cuando se trata de los masculinos o de los femeninos. Y trataba, muy por encima, cómo la emotividad en la que se nos educa y presupone a las mujeres es infravalorado cuando se trata de ir más allá de lo estrictamente privado. Cuando se trata de política o decisiones sociales.

La idea de que “las mujeres no pueden estar en política porque en esos días no pueden tomar decisiones racionales” o porque somos demasiado emocionales, simple y llanamente, es un argumento antiguo pero a la vez muy al día. Esta misma idea de que no podemos tomar decisiones ecuánimes, decisiones desprovistas de emoción, se sigue leyendo en comentarios como “¿qué tienes la regla?” cuando damos una respuesta enfática. Se nos acusa de “emocionales” para invalidar nuestros argumentos; De “demasiado sensibles” cuando las cosas nos afectan. La razón siempre se les ha atribuido a ellos y la emoción a nosotras.

De esta manera se nos está diciendo que la emoción no es buena para la razón, que debe de estar fuera del proceso de toma de decisiones. Existe esta creencia de que para decidir, las emociones cuanto más lejos mejor. Pero esto es más una ilusión que una realidad.

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Elogio a la vulnerabilidad

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Desde que tengo uso de razón el “ser fuerte” ha sido un objetivo capital para mí. Yo quería ser fuerte. Eso de ser débiles no estaba bien, era para fracasados. Para pusilánimes. Ese es el aprendizaje que tuve de pequeña: las penas tienen que pasar rápido, no hay que perder el tiempo estando triste o agobiada. Así que si algo pasa, ya pasó, adelante y punto. Eso es ser fuerte, pasar las penas rápido. Sentirlas, sí, pero lo justo y a otra cosa.

Para mí eso era la fortaleza. Sentir tus emociones un ratito pequeño, empaquetarlo todo en un atillo, echarlo al hombro y seguir adelante. Que las cosas te afectaran sólo hasta cierto punto y sólo determinado tiempo. Ser permeable pero hasta determinado límite, sentir pero no demasiado profundo.

Para mí ser fuerte era sinónimo de pasar las cosas rápido y cuestión de intensidad emocional. A menor intensidad sentida y a más velocidad al recuperarse, más fortaleza se tenía. Y me temo que éste no es un aprendizaje que haya sacado simplemente de las cuatro paredes de mi hogar. En todas partes se te exige esa especie de “YA”, de “hasta aquí y no más hondo”.

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Resiliencia: viaje hacia la recuperación

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Muchas veces nos encontramos con situaciones complicadas que nos hacen sufrir. Situaciones dolorosas e incluso terribles. Y en demasiadas ocasiones pensamos que no podremos seguir adelante, que caeremos en un agujero sin fondo del que no se nos podrá rescatar: “Esto no lo voy a superar nunca”. Es por reso que os quiero hablar de la resiliencia. Esta palabra no es nueva: la resiliencia es la capacidad de los metales de recuperar su forma tras una deformación. En sistemas tecnológicos es la capacidad de aguantar ante perturbaciones. Y nosotras también podemos ser resilientes: superar el sufrimiento y el trauma y volver a vivir.

Ser resiliente es en cierta manera ser una viajera. Una viajera sin destino físico, no ubicado en el mapa, sin pensiones ni playas, sin puestas de sol espectaculares ni cataratas impresionantes. La mujer resiliente viaja dentro de sí misma descubriendo todas las posibilidades que le ofrece la vida, va descubriendo que ella es poderosa, decide trazar y seguir su propio camino. Y todo ello desde el final del pozo, desde su más profundo dolor y aislamiento. La persona resiliente toma el viaje más maravilloso que se puede emprender.

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