La memoria emocional oculta

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Todas tenemos diferentes formas de expresar nuestras emociones. Además, aquello que nos mueve emocionalmente es distinto en cada persona. Lo que a ti te parece una chorrada, a otras les puede suponer un mundo; lo que para ti es una alegría inmensa para otras personas no es para tanto… De la misma forma, cómo gestionamos nuestras emociones y, en última instancia, nuestra vida, difiere un montón entre nosotras. Y todo esto es debido en gran medida a la educación emocional que hemos recibido.

El concepto “educación emocional” puede sonar a chino. Resulta muy cierto y muy triste, que se nos conciencia sobre la importancia de la inteligencia en números, en letras, en ciencias, en humanidades… pero no en emociones. Es como si pensáramos que eso sale solo, que no hay nada que aprender. Y esto no es así. La manera de reaccionar emocionalmente es aprendida.

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Hombres, mujeres, razón y emoción

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Parece que últimamente los temas que trato en los artículos inéditos para las suscriptoras me inspiran para escribir en el Blog. Este mes he tratado el tema de los estereotipos y cómo estos no se valoran de la misma forma cuando se trata de los masculinos o de los femeninos. Y trataba, muy por encima, cómo la emotividad en la que se nos educa y presupone a las mujeres es infravalorado cuando se trata de ir más allá de lo estrictamente privado. Cuando se trata de política o decisiones sociales.

La idea de que “las mujeres no pueden estar en política porque en esos días no pueden tomar decisiones racionales” o porque somos demasiado emocionales, simple y llanamente, es un argumento antiguo pero a la vez muy al día. Esta misma idea de que no podemos tomar decisiones ecuánimes, decisiones desprovistas de emoción, se sigue leyendo en comentarios como “¿qué tienes la regla?” cuando damos una respuesta enfática. Se nos acusa de “emocionales” para invalidar nuestros argumentos; De “demasiado sensibles” cuando las cosas nos afectan. La razón siempre se les ha atribuido a ellos y la emoción a nosotras.

De esta manera se nos está diciendo que la emoción no es buena para la razón, que debe de estar fuera del proceso de toma de decisiones. Existe esta creencia de que para decidir, las emociones cuanto más lejos mejor. Pero esto es más una ilusión que una realidad.

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Elogio a la vulnerabilidad

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Desde que tengo uso de razón el “ser fuerte” ha sido un objetivo capital para mí. Yo quería ser fuerte. Eso de ser débiles no estaba bien, era para fracasados. Para pusilánimes. Ese es el aprendizaje que tuve de pequeña: las penas tienen que pasar rápido, no hay que perder el tiempo estando triste o agobiada. Así que si algo pasa, ya pasó, adelante y punto. Eso es ser fuerte, pasar las penas rápido. Sentirlas, sí, pero lo justo y a otra cosa.

Para mí eso era la fortaleza. Sentir tus emociones un ratito pequeño, empaquetarlo todo en un atillo, echarlo al hombro y seguir adelante. Que las cosas te afectaran sólo hasta cierto punto y sólo determinado tiempo. Ser permeable pero hasta determinado límite, sentir pero no demasiado profundo.

Para mí ser fuerte era sinónimo de pasar las cosas rápido y cuestión de intensidad emocional. A menor intensidad sentida y a más velocidad al recuperarse, más fortaleza se tenía. Y me temo que éste no es un aprendizaje que haya sacado simplemente de las cuatro paredes de mi hogar. En todas partes se te exige esa especie de “YA”, de “hasta aquí y no más hondo”.

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Expresando la tristeza

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Me siento triste. La tristeza parece un estado más o menos permanente en mí estas últimas semanas. Estoy en esos momentos en los que parece que nada va a salir bien, que no sales de ese estado gris y que cuando parece que das un paso adelante… todo vuelve otra vez atrás.

Tengo fija la sensación de que en su conjunto nada funciona. Pero sé que es tan sólo una sensación que proviene de la tristeza que siento por las circunstancias que me rodean. Porque ahora mismo, aunque sepa que llegarán momentos mejores, la tristeza no desaparece. La emoción no sigue a mi razón. Se ciñe a lo que veo, a lo que implican las circunstancias en el momento presente -y un poco al futuro-. Por lo que intento que la razón entienda a la emoción y no al revés; Al revés la cosa no funciona.

Intentar adaptar nuestras emociones a lo que dictamos con la mente es una batalla titánica que sólo consigue que nos sintamos culpables por sentir lo que sentimos y nos lleva a la rabia de no poder estar de otra forma, de no poder sentir otra emoción más agradable. La tristeza no es una emoción que nos suela hacer sentir bien, pero es normal que surja en determinadas circunstancias. Y aunque esto parezca algo muy lógico, en el terreno del día a día a veces somos incapaces de aceptar estos estados y nos criticamos por no saber pasar a otra emoción de manera rápida, como quien pasa hojas de un libro.

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No estás obligada a relajarte. La relajación como exigencia

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En nuestro imaginario la mujer moderna se nos presenta como una mujer que está en todas partes y todo lo hace bien. Trabajo, voluntariado, casa, hijos, compra. Monta superfiestas de cumpleaños y está metida en mil proyectos. Cuida a la perfección de su familia y va al gimnasio para estar en forma. Y si entre todas esas miles de actividades se desborda… no pasa nada, también está al día con las últimas técnicas de relajación superrápidas y efectivas y sabe cómo usarlas sin vacilar y con eficacia. Que nadie se asuste, la mujer moderna no se desborda.

Nadie quiere ver esto. Una mujer desbordada es una histérica. Y nadie quiere a las histéricas. La mujer moderna sabe contenerse. Sabemos ser correctas estemos como estemos, agradables, aceptables.

Aceptadas.

Ante esto las técnicas de relajación pueden ser también una trampa. Están ahí para que las usemos cuando queramos, pero hay una frontera muy fina entre el querer usarlas y vernos en la obligación de usarlas, en la que estas mismas técnicas pasan a imponerse por encima de nuestra decisión de llevarlas a cabo.

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